Hace no mucho tiempo escribí acerca de la felicidad. Comenté sobre la dificultad de encontrarla y osé calificarla como desconocida. Si hay algo que a lo largo de mi vida me ha hecho sentir bien, seguro, satisfecho conmigo mismo, ha sido cometer errores. Pues de no haber sido por ellos quizá hoy no sería la mitad de lo que soy, quizá no podría escribir estas líneas o quizá no estaría donde estoy.
Este tiempo que llevo lejos de mi hogar me ha abierto los ojos en varios aspectos fundamentales de la vida. Ahora sé que he cometido errores gravísimos durante muchos años y como ya sabéis, me alegro. Después de tanto insistir en la importancia de los valores intangibles frente a lo material, de tanta lucha a capa y espada por exiliar el materialismo de mi vida y de las vidas ajenas, hoy he comprendido realmente y sin lugar a dudas la verdadera y abismal distancia que separa el dinero de la felicidad. Concretamente en mi caso, la distancia es de aproximadamente quinientos kilómetros.
Hace unos meses la felicidad en mi vida portaba una máscara y parecía escondida en algún rincón inhóspito donde jamás iba a poder darle caza. Tras años en su búsqueda cual navegante a la deriva, persiguiéndola y esperándola en cada esquina e incluso en ocasiones creyendo verla consciente de estar contemplando un espejismo, me han bastado unos meses para derribar el muro de su guarida, despojarla de su máscara y ponerle cara. No una, varias.
Llevo varios meses en Madrid y cada día que pasa me siento más solo. No es una soledad poética y dramática llena de sufrimiento y dolor, no. Es una soledad seca y fría, insensible. Una soledad más literal que literaria, en el límite de lo visceral sin llegar a la lágrima, en la frontera de la tristeza sin llegar a sentirla. Una soledad vacía de sentimientos, hueca por dentro. Una soledad difícil de llevar por su carácter relativamente voluntario, fruto de una decisión personal hacia lo que podría ser un gran paso en mi vida de finalmente consolidarse y de la presión que ejerce la necesidad humana de avanzar y prosperar. Una soledad agresiva que convierte a todo aquel que me rodea en un mero figurante sin relevancia alguna.
Y ha sido ella, la soledad, quien aislándome en la penumbra ha revelado con un feroz relámpago la posición exacta de la felicidad en mi vida. Cuando más seguro estaba de su carácter fantasmagórico, de que jamás la encontraría pese a dejarme la piel en el intento, casi diez años después de verla por última vez, me avergüenza darme cuenta de que llevaba toda mi vida mirándola a los ojos.
Así que todos aquellos que os encontréis en una situación similar, hastiados de ignorar el motivo por el que no sois felices , derrochando esfuerzos día tras día con el ansia de encontrar la felicidad que creéis mereceros, derrotados e impasibles ante la impotencia de no hallar ni un atisbo de satisfacción emocional en vuestras vidas, os invito a reflexionar.
Comenzad el viaje del recuerdo hace unos años y continuadlo hasta hoy. ¿Cuántas veces habéis comido juntos en la misma mesa? ¿Cuántas mañanas os ha despertado? ¿Cuántas veces os habéis sentado en el mismo sofá para ver un partido de fútbol? Seguramente incluso habéis dormido en su cama cuando una noche cualquiera sentisteis miedo. Os ha enseñado a conducir, puede que la hayáis intentado enseñar poniendo vuestro pellejo en juego. Estoy seguro de que habéis abierto cientos de regalos con ella el día seis de enero. Algunos, como yo, la habéis sacado a pasear durante años sujeta por una correa. Habéis viajado con ella, a cualquier parte, en coche, tren, avión o tal vez en barco. Habéis llorado y reído juntos. Cuando os habéis caído os ha curado las heridas.
El gran problema reside en no percatarnos hasta que todos esos momentos se acaban, se esfuman, se evaporan. Parece muy manido eso que dicen, “no sabes lo que te importa algo hasta que lo pierdes”. Como decía mi profesor de inglés, “una verdad impepinable”.
Quizá lo que más me duele es haberla encontrado ahora que estoy tan lejos. Quizá por eso ahora pongo en duda el valor de lo que hago y pienso si merece la pena cada día que continúo alejado, cada minuto que pierdo de su compañía. Quizá por eso, ahora me siento solo y vacío.
Pero al menos la he encontrado. Ahora sé que la felicidad tiene nombres y apellidos, estos últimos, los tenemos en común.